Desenmascararse frente al espejo

Desenmascararse frente al espejo

Séptimo Concurso de Ensayo Estudiantil, UDLAP

Me siento frente a un cristal oscuro con la seguridad de que, de alguna manera, la relación entre la imagen de la pareja ideal y la violencia es obtusa pero inminente. Me siento, también, frente a la duda de terminar sin descubrir nada, o bien, terminar descubriendo algo en cada pareja que conozco, incluyendo la mía.

El tema me sugiere varias cosas. Pretende, primero, adjetivar una relación amorosa, de ahí el énfasis en pareja. Después está la violencia que, así, en general, no refiere a sus formas de manifestarse y permite hablar de distintas conductas perjudiciales que afectan a los miembros de aquella relación. Por último, motiva la idea de algo escondido; esto hace pensar en eventos hirientes que se ocultan de la sociedad para no comprometer la imagen que presenta una pareja. Esta vez, sin embargo, creo más importante ver la máscara de frente y cuestionar cómo el engaño termina siendo auto infligido, como un estado ambivalente de conformismo e ignorancia. Me pregunto por qué es tan fácil tragarse esta idea y tan difícil aceptar su esencia oscura.

¿Cuál es la pareja ideal?, ¿Cuáles son las máscaras?, ¿Dónde está la violencia? Parece contradictorio que la pareja, símbolo por excelencia del afecto, sea juzgada en el microscopio del daño. Una certeza aparente es que las preguntas anteriores se resuelven en tres ideas: la pareja ideal es aquella que hemos aceptado conforme al sentido de pertenencia y el de permanencia; las máscaras son cada símbolo, arraigado e incomprendido, aunado a aquel ideal; y la violencia está en abrazar de manera paulatina el mosaico formado por las dos ideas anteriores, sin límites, sin condiciones.

Con estas consideraciones en mente, tal vez sea apropiado ir de lo general a lo particular. De entrada, la sociedad pinta la fachada de lo que se espera de una relación sentimental sólo entre dos personas: estabilidad financiera, planes de vida que se complementen, afinidades, y coincidencia socioeconómica. Un “se ven bien juntos” parece irrelevante; puede ser un elogio, pero debajo de la superficie es claro que se califica una relación no por los comportamientos, que igual podrían ser engañosos, sino únicamente por la apariencia de dos cuerpos cuando están juntos. En el mejor caso, el cumplido podría motivarse por los rasgos comunes que se asumen como propios de una pareja: gustos musicales, vestimenta, aspecto físico. Se lanza entonces el comentario al aire y cae en ellos dos como una razón, tal vez no pensada pero válida y poderosa para continuar la relación.

Por supuesto que la sociedad no solo juega un papel en cómo se percibe a sí misma una pareja, sino también en cómo se construye a partir de lo que ve en su entorno: un reflejo opaco. Los comportamientos y valores de una comunidad, la cultura predominante, lo preferible y lo permitido, delimitan la manera en que dos individuos actúan y luego eso, lo aceptado, permea la relación. ¿Qué estilo de ropa vestiremos en tal evento?, ¿Cómo se valora su profesión en la sociedad?, ¿Armonizan su cuerpo y el mío en una fotografía? Nos hacemos estos cuestionamientos sin razonar su importancia, si es que en verdad la tiene.

Dentro de una esfera más íntima podría calificarse el papel que juegan ciertos individuos respecto a la vida de la pareja, como colegas, amigos y familiares. “Que no se te vaya”, te dicen, “está para casarse” y ahí vas, aferrándote a la conveniencia, a algo que va a cubrir necesidades, cumplir expectativas y hasta simplificar un estilo de vida, pero no hay interés en cómo funcionan el uno con el otro, el otro con el uno, los dos en conjunto, los dos por separado, los dos frente a un sinfín de posibilidades. O también, ¿por qué no?, nos presentan la decisión de elegir pareja casi apegada al consumo: “de esos ya no hay”, “¿y si se va con alguien más?” Si se tiene que ir que lo haga, si ya no está disponible no hay que verlo como una posesión perdida, si ya no hay de ese tipo habrá de otro. En todo caso no hay que pensarlo como una compra.

Se cuelan a la cabeza los comentarios de nuestros conocidos porque algo significan para nosotros, y a su vez dejamos que a través de ellos penetren a la imagen de la pareja ideal una serie de convenciones no necesariamente propias. ¿Por qué busco una relación con alguien de mi entorno?, ¿por qué me inclino por quien comparta cierta postura religiosa o política?, ¿por qué una relación con alguien de un género en particular?, ¿por qué creo que mi pareja debe ofrecer una cierta imagen y probar con ella algo?, ¿cuándo acepté y ejercité estos reflejos inciertos?

De cualquier manera, el plano más importante es el personal, que puede manifestarse al menos en dos formas. Por un lado, la pareja: ese núcleo, fundado en una especie de pacto de privacidad, puede ser más permeable de lo que imagina si uno de los dos le da una importancia mayor a algún aspecto no pertinente para el funcionamiento de la relación. Puedo esperar, por ejemplo, que mi pareja destine un tiempo de convivencia para los dos o que sea flexible en cuanto a la movilidad que yo necesito para desarrollarme, pero cuando empiezo a exigir o reprimir elementos que no afectan a nadie más que a mi pareja puedo incurrir en la violencia.

Creer que su corte de cabello tiene que ver contigo, tomar decisiones sobre su cuerpo, limitar su estilo de vestimenta, el privar sus maneras de comportarse, aunque no perjudican a nadie, es atacar a tu pareja. Resulta sencillísimo caer en este tipo de imposiciones cuando las actitudes por las que los causamos son parte de valores sociales y al constreñir y normalizar las reacciones de uno frente a las manifestaciones del otro se va construyendo una imagen que, por supuesto, le dice algo a la gente y al miembro de la pareja que busca esa forma en particular, pero que carece de profundidad, es sólo la carcasa de un lazo débil. Además, tal imagen se forja a partir de símbolos que encubren violencia: no hay otra manera de llamar a esta situación.

Estos aspectos, que trazan el retrato idílico de una pareja, parecen más significativos para los ajenos a la relación que para sus miembros. Pero independientemente de cómo los vean esas personas, el problema emerge cuando las percepciones se arraigan de tal manera que la pareja las adopta como propias, haciendo más difícil que se reconozcan los daños implicados. Hasta aquí se han tratado los signos mediante los cuales se crea la imagen de la pareja ideal y cómo la absorben aquellos en una relación: ahora puede entonces asegurarse que entre los dos surgen lazos de identidad, casi inventados, que responden al sentido de pertenencia, de propiedad.

Parece que se termina formando un monstruo con los componentes de la pareja ideal, si es que hubiera un ideal común a todos. Y esta criatura, parchada y amorfa, nace de tal manera que sus partes se convierten en objetos inamovibles. Esto nos hace reacios a cambiar, a no vernos: confiamos tanto en la imagen de la pareja y tan poco en la relación que, según pensamos, cualquier movimiento cuarteará y hará explotar todas las máscaras. Aferrarse a la continuidad de la imagen satisface entonces nuestro sentido de permanencia: si nada cambia hay estabilidad, y esa quietud da una sensación de duración y también de seguridad.

Aquel con quien comparto ha sido antes de mí y es y será incluso si yo no figuro en alguna parte de su vida. Debo entenderlo per se y no en función de mí, ya que de otra manera intentaré apropiarme de mi pareja. Y esta premisa debe funcionar en ambos sentidos para quienes conforman la relación. Ni la otra persona tiene por qué moldearme a partir de ella ni yo pensarme de tal manera, y viceversa.

Cuestionemos entonces la violencia psicológica de un símbolo, porque eso es la pareja ideal y nada más. Un tapiz de significantes con valor asignado, no propio. Un conjunto de rasgos que definen algo, algo que aún no me queda claro pero que sé que no es la pareja. Una máscara tan real como la piel: nos hace olvidar nuestra propia cara.

Tal vez, más bien, deberíamos de dejar de buscar un tipo, dejar de buscar en general y encontrarnos con alguien, o con varios, en una relación cerrada o abierta, consensuada y tan desnuda como sea posible de los símbolos y códigos que hemos aceptado. Esos ideales que cubren tantas llagas, espacios vacíos, la pérdida de uno mismo.

Quiero decir que argumento esto con la sensación de que mi conocimiento al respecto es pleno: al vivirlo de primera mano tengo algo que decir. No obstante, lo escribo desde la misma situación que desmenuzo: una pareja que abraza varios rasgos del ideal descrito pero que se niega a pensar que sea víctima del reflejo opaco. Me siento frente al espejo y palpo mis cachetes, froto mis labios, rasco mi frente. Me siento con los dedos hipersensibles buscando en los bordes de mi cara, en las raíces del cabello, la presencia de un rostro ajeno. Percibo irregularidades, pero soy incapaz de saber qué hay. Un poco por miedo de descubrir que traigo una máscara, un poco por encontrarme frente la inconveniencia de tener que replantearme mi relación.

Por: Verónica Meneses Pérez, estudiante de Literatura, UDLAP.

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