¡Viva los Talibanes!

¡Viva los Talibanes!

En el 2001 los talibanes destruyeron con dinamita y cañonazos las hermosas estatuas de Buda, que habían sobrevivido 1,500 años en Bāmiyān, mientras el ministro de información talibán, Qudratullah Jamal, declaraba irónicamente: “Este trabajo de destrucción no es tan fácil como la gente quiere pensar. No se puede bombardear, así como así las estatuas, puesto que ambas fueron talladas en un acantilado y están firmemente pegadas a la montaña”. En la famosa novela orwelliana, “1984”, el protagonista Winston Smith, que trabajaba en el “Ministerio de la Verdad”, pasaba los días reescribiendo la historia para que coincidiera con lo afirmado y deseado por “El Gran Hermano”, que espiaba de forma omnipresente la vida de todos los ciudadanos. Los “Iconoclasta” que destruían las estatuas (iconos) de los símbolos religioso o políticos para acabar con su memoria (damnatio memoria), empezaron en Egipto después del reinado de Akenatón (1353-1336 a.C.), el faraón herético que creía en un solo dios y tuvo su máxima expansión en el imperio bizantino en el siglo VIII y IX, y en fechas más reciente, después de la Reforma Protestante, el movimiento Beeldestorm, “Tormenta de imágenes”, tuvo su gran expresión en 1566 en los Países Bajos, cuando los protestantes calvinistas destruyeron las estatuas e imágenes de inspiración católica. Parece que esta deleznable tradición de tratar de remover el pasado, destruyéndolo, se ha engendrado y se está manifestando entre los “pacifistas”, activistas de los derechos humanos y sacerdotes del politically correct. Hace unas semanas les tocaron a las estatuas de los generales confederados, en particular al general Lee y hoy le está ocurriendo a Cristóbal Colón. En el Queen, New York, en un acto de tolerancia inspiradora, fue vandalizada la estatua del marinero genovés, pintarrajeada con la escrita “no hay que honrar al genocidio: demuélanla”; y otro monumento fue abatido a martillazos en Baltimore por unos sensibles defensores de la no violencia. El caso de Charlottesville, en Virginia, donde unos “supremacistas blancos” protestaron en contra de la destrucción de las estatuas del general Lee, incendió un proceso iconoclasta de revisión histórica. Claro siempre en nombre de la tolerancia y la paz, aunque las únicas suásticas los llevaban los amorosos iconoclastas, con leyenda como: “FUCK NAZI”, “KILL NAZI”, en una clara muestra de tolerancia y apertura al dialogo. Y el consejo de la ciudad de Los Ángeles, decidió de sustituir el Columbus Day, fiesta nacional de nuestros vecinos del norte, por el “Indigenueos People Day”, que sigue a una misma decisión ya tomada en Alaska, Vermont, San Francisco y a Denver. El alcalde de New York, Di Blasio, ha declarado que unos de los símbolos de la ciudad, el monumento a Colón, donado en 1892 a la ciudad por la comunidad italo-americana agradecida por las oportunidades encontradas, que domina el Columbus Circle con sus 23 metros de altura, es en realidad discriminatorio; y nombró una comisión que tiene 90 días para decidir que otros monumentos hay que destruir por fomentar el odio, la división, el racismo y el antisemitismo.

¡Viva los talibanes norteamericanos!

Otros de estos gringos-talibanes, seguramente en un ataque de amor y tolerancia, descabezaron la estatua de yeso del navegador italiano, en la orilla oriental de Hudson.

Pero, ¿qué tan buenos y tolerante fueron los primeros pobladores de América y hubo realmente un genocidio por parte de los ejércitos europeos?

Ahora sabemos que llegamos a este continente, al final de la última era glacial, por el puente de Beringia, hace 16,000 años, cuando era recubierto de hermosos pastizales y el nivel del mar era unos 150 m. más bajo que el nivel actual. Creo que pocos sabrán que unas de las especies nativas de América era el caballo, sí, como leyeron, ¡el caballo¡, y por el mismo estrecho llegaron a Eurasia, pero en sentido inverso al nuestro. Teníamos en el continente una gran fauna compuesta por mamuts lanudos, grandes bisontes, varios tipos de antílopes, alces y caribús, también tigres con dientes de sables, además de leones gigantes y manadas de lobos grises. Pero no conocían al hombre y por esto no le tenían miedo y ¿qué hicimos, en este primer encuentro de “Dos Mundos”? Nos los comimos todos, exterminándolos, como bien lo relata Peter Watson en su libro “La gran Divergencia”, del 2011. Si esto no es un genocidio no sabría decir cuál otro lo pudiera ser. Así que los primeros pobladores no eran santos que respetaban la naturaleza y convivían en armonía con ella, sino que la acabaron, sobreexplotándola, como lo hicieron los Maya hace mil años o desforestando todo su ecosistema, como lo lograron los Teotihuacanos en el VI siglo o los nativos de la isla de Pascua. Por eso cuando llegaron Colón y los demás “conquistadores”, no encontraron mamíferos de grande talla, pero ahora ya sabemos porque y donde terminaron. Raúl Bringas, en su excelente libro “Antihistoria de México”, del 2014, y que todo mexicano debería leer, cita textualmente: “la idealización del mundo mesoamericano ha cegado a los mexicanos antes los horrores de las civilizaciones prehispánicas. Sus particulares eran espantosos y superaban con creces todo el salvajismo presente en Europa. Nada llevó el sufrimiento humano a un grado tan extremo que los sacrificios Mayas. Aunque los aztecas masacraron más cautivos, no superaron los Mayas en crueldad”. Tal vez habría que cerrar el Museo de Antropología por ser un magnifico monumento a genocidas caníbales.

Por otro lado, Colón nunca pisó el continente, que en aquel entonces contaba entre quince y veinticinco millones de personas, mientras que en los territorios del actual USA y Canadá, había entre quinientos mil y dos millones de indígenas. El 90% murieron por enfermedades, especialmente la viruela, que arrasó con la población del continente. En comparación “la masacre estadunidense más famosa de toda la historia, Sand Creek, costó la vida a 133 indios…”, prácticamente nadie.

Así que creo que es mejor dejar en paz la furia iconoclasta mal dirigida de nuestros alfiles del politicaly correct y más bien reconocer que en el pasado de todo pueblo ha habido grandes tragedias, grandes crueldades, de las cuales tenemos que aprender, no borrándolas, destruyéndolas, sino poniéndolas en su justa dimensión histórica, sabiendo que es nuestra herencia, que de ahí venimos, y que hemos logrado mucho en estos últimos 500 años, en cuanto a calidad de vida, lucha a las enfermedades, esperanza de alcanzar una edad avanzada y un mundo mucho más pacífico que nunca, en toda la historia humana. El eminente historiador Alfred Toynbee, escribía hace 50 años, que, si pudiéramos vivir en el año 3,000, es muy probable que el único acontecimiento que se estudiaría como de relevancia en el segundo milenio de la historia de la humanidad, sería el viaje atlántico de Cristóbal Colon y el mundo que creó como consecuencia de su empresa. Si quieren saber hasta dónde cambió la Tierra, y que planeta se creó, les recomiendo la obra de Charles Mann, “1493, como Colón creó el mundo en que vivimos”, publicada en el 2013.

Lamentablemente sigue vigente el dicho de La Fontaine: “Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda”. La mejor definición que he escuchado del politically correct.

Acerca del autor: Ingeniero Químico de la UAEM, con maestría en computación del ITESM, Campus Morelos. Posteriormente cursó un Doctorado en Administración en el Programa del ITESM, Campus Ciudad de México y la Universidad de Texas en Austin. Es profesor del ITESM, desde 1985, Ha sido Profesor invitado en la Maestría de Administración de la Rectoría de la Universidad Virtual, de la EGADE del Campus Monterrey y del Programa de Graduados del Campus Ciudad de México, Cuernavaca, San Luís Potosí y Morelia. Ha sido expositor en diferentes programas de Educación Continua, tanto presenciales como virtuales (Programa AVE) en diferentes Campus del Sistema ITESM, y en variadas regiones de la República y de América Latina (Perú, Colombia, Ecuador, Costa Rica, Panamá). Fue profesor de los “Paquetes educativos” del Sistema ITESM, impartiendo la materia de “Seminario de Análisis Económico, Político y Social” y el “Seminario de Filosofía Empresarial” en posgrado, tanto en maestría como en doctorado. Ha recibido en varias ocasiones la distinción de profesor mejor evaluado en el Campus Morelos, Ciudad de México, Monterrey y Santa Fe y en la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín, Colombia. Es fundador del Campus Santa Fe, donde fungió como director de la División de Negocios y Posgrado. Ha sido consultor en diferentes Instituciones, tanto públicas como privadas, tales como IMTA, GFT, la ONU-Méx, Línea Bancomer, Confitalia, Canacintra, Coparmex, Inophos e Infonavit, entre otras. Hasta el 2015 fue profesor de la EGADE Business School y del Executive MBA de la Universidad de Texas en Austin, donde impartió la materia de “Global Management”. Es autor del libro “Yo, el Director” de Editorial Océano y fue reconocido por la revista “America Economía” como el segundo mejor libro de gerencia en español del 2010 y primero en Latinoámerica. Próximanente saldrá con la misma editorial la publicación del libro “Santo Tomás, CEO. Liderazgo Basado en Virtudes, (Virtues Based Leadership, VBL)”. Premio 2103 de Ex-a-Tec Nacional, en los festejos de 70 años del Tecnológico de Monterrey, a “Profesores que dejaron Huella”. Actualmente es profesor de tiempo completo del Departamento de Administración de la UDLAP.

Por: Dr. Mario De Marchis Pareschi.

Profesor de tiempo completo del Departamento de Administración de la UDLAP.

mario.demarchis@udlap.mx

Disponible formato PDF.

 

Anterior La ética científica como intercesor del progreso de la nanotecnología y de la nano-ética
Siguiente Las estrategias de Wal-Mart