fbpx

¿Falló la Ciencia cuando más era necesaria?

¿Falló la Ciencia cuando más era necesaria?

Durante el desarrollo de la pandemia COVID-19 han surgido diversas explicaciones sobre su origen, su evolución y su solución; incluso es frecuente que algunas afirmaciones sean mutuamente excluyentes. El efecto es que la población progresivamente ha dejado de creer en las declaraciones de las autoridades, de los analistas, de los políticos e incluso de los científicos. Sin embargo, aunque podríamos suponer que detrás de ciertas posturas ante la pandemia hay propósitos no revelados, la falta de consenso de la comunidad científica tiene otra explicación.

A diferencia de los sistemas de creencias -religiosos, políticos e incluso familiares- la ciencia no está fundamentada en dogmas. La historia documentada de la humanidad muestra una gran cantidad de casos en los que científicos temerarios sometieron a los sistemas de creencias vigentes al rigor del análisis científico. Un relato clásico es el enfrentamiento en el siglo XVII del filósofo y científico Baruch Spinoza con la comunidad judía de Ámsterdam, su ciudad natal, después de probar que la Biblia no aporta elementos que permitan sostener que el alma es inmortal y que los ángeles existen. Spinoza fue excomulgado y expulsado de su ciudad.

A diferencia de los sistemas de creencias, la ciencia eleva una especulación al nivel de teoría después de recorrer un proceso denominado método científico. Sin embargo, la teoría nunca adquiere el carácter de dogma, pues a pesar de haber probado su validez para explicar un fenómeno, podría ser refutada al encontrar evidencias anteriormente no consideradas. En los años sesentas, el físico Thomas Kuhn publicó un libro clásico en la historia de la filosofía de la ciencia –“The Structure of Scientific Revolutions”- que reveló que cuando la comunidad científica conviene en aceptar la infalibilidad de cierta solución a un problema, la misma es transformada en dogma; Kuhn propuso emplear el término paradigma para nombrar a este tipo de dogma.

La gran virtud de la ciencia es que aún las teorías más sólidas son sujetas a nuevos escrutinios y explicaciones aceptadas como válidas por largos periodos pueden ser rebatidas. David P. Barash recuerda a los lectores -en un artículo de la revista Letras Libres publicado originalmente en AEON – que el astrónomo Claudio Ptolomeo reafirmó la teoría geocéntrica de Platón y Aristóteles: el planeta Tierra es el centro del universo; la conclusión de Ptolomeo estaba basada principalmente en dos evidencias empíricas: la posición de las estrellas observadas desde la Tierra y la luminosidad de Venus. Esta concepción fue válida e incuestionada durante catorce siglos –además que era consistente con el sistema de creencias vigente- hasta que la observación efectuada con telescopios derrumbó la concepción ptolemaica y fue reemplazada por la teoría heliocéntrica de Copérnico.

El conocimiento sobre el coronavirus y la eficacia de las acciones para combatirlo aún son limitados y por eso las recomendaciones son abordadas con cautela. La ciencia no ha fallado, pues sería irresponsable generar expectativas falsas con una respuesta que no explique todos los aspectos del problema. Una mentalidad científica, no puede aceptar una solución como definitiva pero tampoco puede rechazar una propuesta por considerarla inverosímil. La falibilidad de ciencia es una de sus virtudes, su propósito no es ganar prosélitos incondicionales por lo que refutar una afirmación considerada como válida podría ser un resultado esperado de esta práctica mayéutica. Pero los seres humanos son proclives a creer sin profundizar en el origen de lo que les ha sido revelado. Por eso no es extraño que haya personas dispuestas a creer que una dieta a base de caldo de pollo podría ser la forma más efectiva de prevenir el contagio del coronavirus; sin embargo, un verdadero científico no rechazaría completamente esta afirmación –por disparatada que parezca- mientras las evidencias empíricas no prueben lo contrario.

Barash termina su citado artículo con la anécdota de un excombatiente en Irak que comparaba las posiciones de los blancos enemigos en la batalla con las afirmaciones científicas, ambas en constante movimiento. Su mayor anhelo era que ambos “se quedaran quietos”.

Cuando la vida de los seres amados y la realización de los sueños están en riesgo, es comprensible que haya manifestaciones de impaciencia con el desempeño de los científicos, pero paradójicamente es el cambio lo que permite que la ciencia siga progresando.

Referencias

[1] Barash D. (2020). Paradigmas perdidos: Cómo cambia la ciencia. 27 de julio de 2020, de Revista Letras Libres Sitio web: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/paradigmas-perdidos-como-cambia-la-ciencia

Acerca del autor: M.C. Juan José Rojas Villegas. Coordinador académico de la Licenciatura de Ingeniería en Logística y Cadena de Suministros de la UDLAP. Maestro en Ciencia con especialidad en Ingeniería Industrial por la Universidad de las Américas Puebla. Evaluador del Consejo de Acreditación de la Enseñanza de la Ingeniería (CACEI). Ha impartido capacitación en temas como: Lean Enterprise, Six Sigma y Lean Six Sigma.

Por: M.C. Juan José Rojas Villegas.

Profesor De Tiempo Completo del Departamento de Ingeniería Industrial Y Mecánica, UDLAP

juan.rojas@udlap.mx

Contenido disponible en PDF. 

Anterior Conexión: ¿real o virtual?
Siguiente De contagios y enfermedades