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El fin de las especies

El fin de las especies

Espacio en el que ha aparecido el artículo y fecha en que ha sido publicado: Eje Central (25 de septiembre de 2019)

Uno de los más grandes errores de concepción en torno al cambio climático y sus efectos destructivos, ha sido suponer que representa un problema que ocurrirá en el futuro y afectará a las futuras generaciones. La lógica de esta idea, difundida ampliamente en las últimas décadas, consiste en que fenómenos como periodos de calor extremo más largos, mayores cambios en ciclos de precipitación, aumento en el nivel del mar o extinción de ecosistemas y especies, serán en todo caso eventos que veremos hacia la segunda mitad del siglo y conforme las emisiones rebasen el umbral crítico relacionado con una temperatura global de más de 2ºC.

Por supuesto, esta concepción sobre el cambio climático también implica que quienes sufrirán las consecuencias serán fundamentalmente las nuevas y futuras generaciones, no las personas que hoy vivimos y habitamos el planeta. Nada más equivocado, el cambio climático representa alterar en forma irreversible e impredecible los ciclos de vida del planeta y, por lo mismo, provocar consecuencias destructivas y procesos de retroalimentación desde la actualidad y hacia las próximas décadas.

La realidad es que la crisis ambiental adquiere crecientemente la forma de una catástrofe global. No pasa semana sin que se presente algún nuevo reporte o estudio científico que nos advierta sobre la magnitud de las consecuencias ya visibles relacionadas con el calentamiento global, como incrementos récords en la acumulación de partículas de gases de efecto invernadero en la atmósfera, aumento en el proceso de deshielo del ártico, disminución masiva de insectos, más días de calor en comparación al mismo periodo en años anteriores o la creciente evidencia de la influencia de factores climáticos en los flujos migratorios.

Esta semana el IPBES, la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Políticas sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos publicó un reporte de evaluación sobre el impacto de las actividades humanas en la pérdida de ecosistemas y especies, cuyas cifras son terroríficas:

Hasta 75% de los ambientes terrestres y 65% de los marinos han sido severamente alterados por las actividades humanas. Se ha reducido 47% la extensión de los ecosistemas, con tasa de degradación de 4% por década. Existe un riesgo de extinción en las próximas décadas para un millón del total de los ocho millones de especies de animales y plantas existentes en la tierra, lo cual implica un ritmo de extinción entre decenas y cientos de veces más rápidos que las tasas equivalentes para los últimos 10 millones de años. Sin embargo, entre las especies estudiadas con mayor detalle, el riesgo de extinción alcanza hasta 25 por ciento.

Lo que se ha definido como la sexta extinción masiva de especies, la primera provocada como resultado directo de la acción humana, es una realidad ya cuantificable.

Entre las especies más afectadas por riesgo de extinción, destacan alrededor de 60% de las cícadas; 40% de los anfibios; 35% de las coníferas; 33% de especies marinas como corales, tiburones y mamíferos marinos; 20% de los reptiles y mamíferos; 16% de las aves; y 10% de los insectos. 

La pregunta es si la humanidad, incapaz de cumplir sus compromisos para reducir las emisiones globales de gases de efecto invernadero, podrá implementar acciones coordinadas inmediatas para evitar la desaparición de millones de especies de animales y plantas. El problema no es necesariamente la falta de recursos o insuficiente conocimiento científico, la cuestión de fondo es la falta de voluntad política para actuar y hacer frente a las consecuencias de llevar a la extinción a millones de especies. El hecho incómodo de que, a pesar de la magnitud de la degradación ambiental y la gravedad de sus consecuencias potenciales para la humanidad y otras especies, nuestros líderes no asumen su responsabilidad y toman las decisiones que exige el riesgo de una catástrofe ambiental global y, que cuando se decidan a hacerlo, tal vez sea demasiado tarde.

Acerca del autor: Doctor en Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Maestro en Ciencia Política, FCPyS, UNAM. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), UNAM. Especialidad en Política y Gestión Energética y Medioambioental, Flacso, México.

Coordinado del Índice Global de Impunidad y el Índice México de Impunidad, UDLAP. Coordinador del Centro de Estudios sobre Impunidad y Justicia (CESIJ), UDLAP.

Sus áreas de interés son gobernanza y sustentabilidad, cambio climático, política energética, análisis institucional, acción colectiva y cooperación, teoría política contemporánea, proceso legislativo en México y medición del fenómeno de la impunidad.

Ha sido profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en diversas universidades, como la Universidad Iberoamericana, el CIDE, el ITESM Sante Fe y el ITAM. Ha sido profesor del diplomado en análisis político estratégico en el CIDE y tutor de la maestría en Derechos humanos y Seguridad Pública del ILCE.

En el servicio público se ha desempeñado como Director General de la Fundación Humanismo Político, A.C. en el Senado de la República entre 2009 y 2013. Coordinador General de Asesores en la Secretaría de Relaciones Exteriores entre 2004 y 2006. Coordinador de Análisis en la Coordinación General de Comunicación Social de la Presidencia de la república entre 2002 y 2003. Director General de Análisis y Estrategia en la Coordinación Para el Diálogo y la Paz en Chiapas, entre 2000 y 2002. Director Académico de la Fundación Rafael Preciado Hernández entre 1996 y 2000.

Actualmente es columnista semanal en el portal de noticias www.ejecentral.com.mx

Por: Juan Antonio Le Clercq

Director Académico del Departamento de Relaciones Internacionales Y Ciencia Política, UDLAP.

juan.leclercq@udlap.mx

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