La escritura, la imagen y la (im)posibilidad de la crítica

La escritura, la imagen y la (im)posibilidad de la crítica

Todo lo que antes era directamente vivido, dictaminaba ya en 1967 Guy Debord, se convierte ahora por la presencia de la imagen en representación. ¿Acaso no tenemos conocimiento de prácticamente todo lo que acontece en el mundo a través de la pantalla de televisión o nuestro teléfono celular, desde los juegos de la selección a la guerra civil en Siria o la captura del Chapo? Esto no consiste sólo en un desplazamiento en el que la imagen se prefiera a la cosa, la representación al mundo, sino que “lo real” se disuelve en la pantalla. Como ya había advertido el crítico alemán Walter Benjamin, en el mundo de la técnica, acceder a la realidad se convierte en una flor imposible. Habitamos hoy un entorno tecnológico hipercomplejo que hace imposible distinguir entre el mundo y su representación. Hemos sido desbordados por un nuevo orden tecnológico.

En este contexto marcado por las nuevas tecnologías digitales se plantea una pregunta urgente: ¿en qué consiste la crítica?. La crítica estuvo históricamente ligada a la escritura, a la simplicidad y accesibilidad del alfabeto y a su habilidad para describir el mundo. El poder analítico de la escritura, que presupone el distanciamiento y la posibilidad de descomponer en partes más simples lo que es sometido a consideración, es la condición misma de la crítica. El poder de la crítica ha radicado en que nada escapaba a su escrutinio, todo podía ser capturado por la escritura: el sistema solar, la física de partículas o la marcha inexorable de la historia hacia el comunismo.

Sin embargo, la escritura se ha visto paulatinamente desplazada desde que iniciara el auge de las pantallas de televisión en la década de 1950 hasta llegar a la actual ubicuidad de las tabletas y teléfonos inteligentes. Las imágenes electrónicas que circulan en esos medios no permiten descomponer el mundo en partes: la lógica de la imagen es configuracional, no analítica –es decir, opera con conjuntos complejos y no con partes. De hecho, la escritura misma se ha visto integrada y reconfigurada en esos dispositivos. El texto ya no funciona ahí como lo hacía antes en un libro (describiendo o narrando) sino que está inserto multimediáticamente junto a imágenes estáticas y en movimiento y sonido.

Los usos de la escritura alfabética se han visto reconfigurados. No se trata ya de que el imperio de la imagen haga imposible la crítica como se venía entendiendo por la escritura (es decir, descomponiendo el mundo en partes) sino que la audiovisualización hace indistinguible a la imagen del mundo que supuestamente representa. Si estamos perdiendo el poder crítico de la escritura, ¿cómo podremos entender este nuevo orden tecnológico en el que estamos inmersos? Ésta es una de las cuestiones que hoy le corresponde a las Humanidades responder.

Por: Dr. Alberto López Cuenca

Disponible formato PDF

Anterior Del PIB y la divulgación
Siguiente Así son los auditores