Pensar el ser como ser en el tiempo

Pensar el ser como ser en el tiempo

Para la metafísica occidental, pensar el ser, se ha manifestado de facto en la expresa voluntad de llegar a posicionar su esencia. Una esencia, que determinada tradición logocéntrica ha ido considerando como preinscrita en estratos lingüísticos y gramaticales del pasado, sean latinos, sean griegos. Como si la transmisión necesariamente discontinua en el tiempo y el espacio de los idiomas -más aun cuando quedaron clasificados en el archivo muerto de la memoria del hombre- hubiese podido, sin embargo, haber mantenido y preservado la íntegra continuidad así como toda la pertinencia de un determinado pensamiento consignado hace siglos en específicas series de palabras que el oficio de los traductores se empeñó una y otra vez en llevar hasta nosotros, hombres del siglo XXI. Dicho en otros términos: como si la plataforma cultural latina o griega, hubiesen tenido el mismo y tenaz empeño que la plataforma cultural judeo-cristiana, arraigo dinámico de la cultura occidental, en pensar el ser como un campo privilegiado en su esencia; como si hubiesen compartido los mismos intereses epistémicos. Veamos: ¿Qué es, qué puede ser, o qué ha sido ser en aquella doblemente milenaria tradición de pensamiento?

Ser: nombre y verbo. En su tiempo, Aristóteles ya señalaba que es el concepto más general: ser rebasa necesariamente cualquier tipo de generalidad y por ende escapa a cualquier intento de definición. Pero -y de eso no cabe la menor duda- se impone de inmediato cuando el hombre habla y parece entonces que todo mundo entiende lo que ser significa. El latín transforma aquella particularidad señalada por el pensamiento griego en la característica de un modus infinitivus, el modo de lo indeterminado, de lo ilimitado en relación con la forma como un verbo ejerce y anuncia la significación que viene cargando. Entonces, y en contraparte, ser como nombre es el campo de cualquier posible manifestación de género, necesariamente óntica, que se viene posicionando en el claro del mundo, nuestro mundo. Pero, desde este tipo de planteamiento, ser como verbo no se puede aprehender como tal nunca; lo único alcanzable es ser nombre, posicionándose en el tiempo como ente. Así que si bien el hombre llega, ha llegado, a determinada comprensión de ser, aquella comprensión se ha ido siempre y necesariamente desprendiendo de ciertas zonas de oscuridad, quizá sea de total o por lo menos, parcial incomprensión.

Ahora bien si ser no se encuentra como tal en ningún lugar y que solamente se puede llegar a aprehender en el ámbito de lo óntico ¿por qué no pensar que sea desde el mismo ámbito de lo óntico que se deba proceder a la interpelación de ser? En efecto: ¿Cómo seguir sosteniendo que si el conocimiento es una relación entre un sujeto y un objeto, el sujeto que pretende conocer pueda llegar a desprenderse de su esfera interior para alcanzar lo exterior, lo otro? ¿Cómo concebir aquel objeto de supuesto conocimiento para que el sujeto lo pueda llegar a conocer? ¿Cómo concebir el modo de ser de aquel sujeto que pretende alcanzar el conocimiento de ser? Resumiendo y dicho en otros términos: ¿por qué no pensar que la aprehensión de ser se pueda dar en la misma aprehensión de lo óntico: el posicionamiento de ser dependiendo en este caso del posicionamiento de lo óntico? Tal es el planteamiento de Martin Heidegger: solamente el hombre puede llegar a la comprensión de ser porque solamente el hombre plantea la pregunta de ser, de ahí que el hombre deba ser cuestionado en su ser de hombre para a su vez poder resolver la pregunta de ser. De ahí también que la condición de posibilidad de la ontología fundamental es, necesariamente, la analítica existencial del hombre.

Referencia: Martin Heidegger: Ser y tiempo (1927), Fondo de Cultura Económica de España, 2005. Introducción a la Metafísica (1936,) Gedisa, 1992.

Acerca del autor: ha trabajado en la Universidad de las Américas Puebla desde enero 1987, primero como profesor de tiempo parcial y posteriormente como profesor de tiempo completo a partir de 1988. En el Departamento de Lenguas fue coordinadora de la División de Francés desde su creación en 1988 hasta 1998. Pertenece al Departamento de Filosofía y Letras (ahora Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte) desde 1999 como coordinadora del programa de licenciatura en Historia del Arte (ahora Historia del Arte y Curaduría). Desde 2003, es profesor titular de la Escuela de Artes y Humanidades. En 2012, recibió la medalla Compromiso con la Educación UDLAP 2012 para la Escuela de Artes y Humanidades. Pertenece a la Asociación Mexicana de Estudios en Estética (AMEST) desde 2009.

Por: Dra. Laurence Le Bouhellec Guyomar
Directora Académica del Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte de la UDLAP
laurence.le@udlap.mx

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