Coordenadas de lectura: Todo lo de cristal
Cuando nuestra querida Dra. Miriam Vázquez Barragán me pidió dar una plática para las Coordenadas de Lectura sobre el contexto en torno al libro Todo lo de cristal, de Rafael Pérez Gay, inmediatamente acepté. Sin haber leído todavía sus páginas, Miriam me resumió que el libro relataba la infancia del autor en la otrora Gran Tenochtitlán, ex Distrito Federal, ahora Ciudad de México.
Sin pensarlo mucho, evoqué inmediatamente la infancia de mi madre, nacida un año antes que el autor. Las historias de mi padre, mis abuelos y otros familiares parecían coincidir con la memoria de quienes habitaron aquella ciudad. Porque, como dice Pérez Gay: “esa ciudad ya no existe, desapareció con todos mis sueños de esos años”.
Si algo consigue Rafael Pérez Gay en este escrito, es transportarnos a la cotidianidad desde los ojos de un niño en la década de 1960, aquellos años dorados post-milagro mexicano. Lo que me parece fascinante es que, al leer el texto de Pérez Gay, fue como si mi propia familia estuviera relatando su historia. Como si las fotografías de aquella época cobraran vida en las narraciones y voces de mis abuelos. Y más allá de esa memoria familiar compartida, identifico plenamente uno de los puntos a los que quiere llegar el autor: el contexto y la memoria.
“En este tiempo nuestra familia cambió tanto como la Ciudad de México.”
Pérez Gay lo relata como si la historia familiar fuera, al mismo tiempo, una suerte de cronista urbana. Y por ello el contexto —en la historia, en la literatura, en la arquitectura o en el urbanismo— nos permite situar las vivencias de los personajes, ficticios o no, dentro del entorno y del ambiente en el que se desarrollan. Por ahí dicen, aunque quizá ya no sea tan cierto, que infancia es destino. Pero también lo es el ambiente en el que crecemos, porque ese ambiente nutre y habita nuestra historia.
No imagino relatar páginas sobre la vida urbana de la Ciudad de México sin hablar del contexto de la década de 1960. Hoy pareciera que ese México nos habla de un país que se fue; un país que quedó suspendido en el recuerdo y que, frente a las condiciones del México que vivimos actualmente, incluso puede parecernos ficción.
Entonces me pregunto: ¿qué sería de un contexto sin memoria?
Probablemente nos desbordaría una especie de amnesia colectiva, como si todo aquello que vivimos hubiera sido exactamente igual en el pasado, en el presente y hacia el futuro. Y afortunadamente, Pérez Gay nos salva de esa amnesia a través de algo aparentemente sencillo: la vida cotidiana.
La lectura de sus páginas nos lleva a recordar a quienes vivieron aquella época e imaginar, para quienes no la vivimos, cómo podía ser un desayuno cualquiera en un departamento art déco de la colonia Condesa. Entre líneas y reflexiones, el autor respira y evoca las dificultades económicas de la clase media mexicana: su familia, los desalojos, las mudanzas, los nuevos alquileres, las cuentas sin pagar, la dignidad de la madre y las intermitencias emocionales del padre.
El niño Rafael, en este ejercicio de regreso a la infancia, mira los cambios de su familia, de su colonia y de la ciudad desde su propio espacio vital. Desde esa escala pequeña va perdiendo la inocencia y abriéndose paso hacia la vida adulta urbana. Por eso retomo nuevamente una frase del autor:
“Los niños, como los escritores, son víctimas de su imaginación. En las discrepancias que surgen entre las fantasías y la realidad crecen las primeras decepciones.”
Con este texto, el niño relata los instantes en que conoció la culpa, la decepción, la sexualidad y el miedo. Y con ello, el autor adulto se pregunta si “ese tiempo de oscuridad no significó para mí la felicidad”, porque aquellas vivencias pueriles constituían, finalmente, todo cuanto necesitaba para ser feliz.
Pero también está la voz del padre.
El niño Rafael alterna su propia narración con la voz de un padre que relata los inicios de Paseo de la Reforma y la consolidación de aquellas grandes colonias y avenidas del México de antaño. Esa voz paterna, entre reclamos y telenovelas, también lo sitúa frente a los cambios radicales impulsados por los tomadores de decisiones de la época.
La modernidad tenía que implantarse en la capital del país. Y para hacerlo había que entubar ríos, derribar edificios históricos, abrir paso a la vorágine inmobiliaria y construir una ciudad en la que el automóvil se convirtiera en símbolo del progreso: aquello que todo capitalino, todo chilango, debía ser y tener.
Dice el autor que “mientras el país se preparaba para la abundancia”, una especie de alucinación colectiva era alimentada por la propaganda televisiva: el fútbol, los espectáculos, la euforia, la construcción del Estadio Azteca. Pero a los ojos del niño Rafael no había cosa más interesante que perderse entre espectros y aventuras, entre los tinacos de las azoteas y el palco deportivo del estadio, que lo hacía sentir como si tuviera ese departamento propio que nunca llegó.
Y aquí aparece, para mí, una de las grandes riquezas del libro: la ciudad que vive el niño no es necesariamente la misma ciudad que describe la historia oficial. Mientras la ciudad se transforma desde arriba —con grandes avenidas, infraestructura, edificios, estadios y proyectos de modernización—, el niño la experimenta desde abajo: desde su casa, su colonia, sus recorridos, sus miedos, sus fantasías y sus pequeñas aventuras.
Es decir, hay una ciudad que se construye físicamente y otra que se construye en la memoria. Al final, Pérez Gay nos permite, como lectores, realizar una lectura inmersiva de las diferentes capas que produce la nostalgia en una urbe como la Ciudad de México.
Una ciudad donde la historia se superpone: la pérdida de la ciudad lacustre, los palacios virreinales, la migración del campo a la ciudad, la explosión demográfica y ese epítome de modernidad que, como dice el autor, “no ha desaparecido del todo”.
Pérez Gay camina por esa ciudad como todo buen chilango que se jacta de conocerla. Pero quizá el recorrido más importante no sea solamente por las calles de la Ciudad de México, sino por las capas nostálgicas de su propia memoria.
Y llega, finalmente, a una conclusión que me parece hermosa: logró uno de esos sueños de la adultez que parecen imposibles.
Volver a ser niño para escribir sobre cosas.
Y quizá ahí está también la clave de Todo lo de cristal: escribir sobre las cosas para que no desaparezcan del todo. Porque las ciudades cambian. Las familias cambian. Nosotros cambiamos. Pero mientras podamos recordarlas, narrarlas y volverlas a mirar, quizá esas ciudades que ya no existen todavía puedan seguir habitándonos.
Sobre la autora
Dra. Melissa Schumacher González
Doctora en Ingeniería y Administración Territorial, Technische Universität München; Máster Universitario en Urbanismo, Universitat Politécnica de Catalunya y Licenciada en Arquitectura por la UDLAP. Actualmente, es profesora-investigadora de tiempo completo en el Departamento de Arquitectura y coordinadora del Doctorado en Creación y Teorías de la Cultura de la Escuela de Artes y Humanidades de la Universidad de las Américas Puebla.
Contacto: melissa.schumacher@udlap.mx
