Del mexicano revolucionario al ondero
Mi investigación plantea, entre otros aspectos, que algunos textos narrativos de la generación literaria de La Onda son testimonios –no planeados– de lo que significó ser un adolescente/joven mexicano urbano y capitalino en los años sesenta y setenta: vivir en una sociedad nacionalista tardía y rodeado de productos extranjeros. Para poder hablar del contexto sociopolítico en el que se inscriben estos textos, considero importante mencionar sus antecedentes. Para ello, se analizará la cultura de las décadas previas (el periodo posrevolucionario), para así señalar las características decisivas que explican en cierta medida el surgimiento de un movimiento sociocultural y literario como La Onda.
La Revolución mexicana y sus consecuencias fueron un parteaguas para marcar el rumbo que México seguiría en los años sucesivos, pues una vez concluida, los nuevos líderes necesitaban ordenar el caos para concretar una cotidianidad renovada. Los regímenes que siguieron a la década del 10 suelen llamarse posrevolucionarios no sólo por una marca temporal, sino por su decisión de crear un México distinto después de la guerra. Los gobernantes se enfrentaron a un país que necesitaba ser reconstruido tanto física como socialmente; sus leyes buscaron cumplir con los deseos revolucionarios, a la vez que implementaron un discurso con el que todos los ciudadanos pudieran identificarse.
El Estado se apoyó en la ideología del nacionalismo para validarse con sus individuos; se exaltó una identidad nacional a través de una nueva cultura basada en la historia, los motivos y los valores de la Revolución. Entendemos al nacionalismo como artefacto cultural, es decir, en tanto ideología y práctica que pretende reflejar ciertos valores, creencias o estructuras sociales de cierto grupo. Para esta ideología, dicho grupo está delimitado geopolíticamente por la idea de nación, que se caracteriza por ser una comunidad “política imaginada como inherentemente limitada y soberana”, según Benedict Anderson (2006: 23).
Ahora bien, el nacionalismo busca recoger y plasmar la cultura de cierta nación, es decir, tiene la capacidad de crear una cultura donde antes no se percibía, o bien donde no se percibía una sola; rescata rasgos específicos del comportamiento de los individuos que la conforman y parte de su historia compartida para moldear una identidad con base en la idea de comunidad nacional y, posteriormente, exaltarla como valor universal de sus integrantes y del Estado. En otras palabras, el nacionalismo selecciona aspectos que comparten o que deberían compartir los individuos de un país, para significarlos como medio de identificación nacional; los hace oficiales al modificarlos y adaptarlos a sus programas políticos, y así convence a sus integrantes de la importancia de conservarlos y de la legitimidad del Estado.
En el transcurso de los años 20 y 30 observamos cómo el imaginario colectivo fue re-ensamblado, re-significado y re-imaginado por un discurso oficial, que usó la Revolución como punto de partida. En su libro Culture and Revolution: Violence, Memory, and the Making of Modern Mexico (2017), Horacio Legrás argumenta que es a partir de la Revolución que se supone a México como una totalidad, como un conjunto integrado por cada individuo y realidad que el territorio alberga. Este conjunto encuentra su punto de inicio en el espacio rural; desde ahí se buscó terminar de crear la nación, siendo los intelectuales (artistas, escritores, pensadores, etcétera) parte del grupo que asumió la tarea de terminar de imaginar ese nuevo México.
Mediante el delineamento de la realidad en representaciones estéticas bajo un discurso oficial/nacional, el proceso de formación del Estado posrevolucionario se fue entretejiendo con el arte y la cultura en una relación compleja. A la par de significar el presente caótico, el nacionalismo cultural diseñaba una identidad tradicional basada en la supuesta representación fiel del mexicano, que en realidad se ajustó a necesidades del Estado y no a búsquedas identitarias genuinas. Para conseguir dichos efectos, produjo símbolos capaces de transformar la sociedad y lo que esta percibía como verdadero. Primero que nada, los símbolos debían servir para identificar y reconocer el objeto mismo del nacionalismo: la mexicanidad de los mexicanos.
En ese sentido, los elementos creados por el nacionalismo cultural servían a “un régimen que pretendía imponerse sobre aquel [nuevo] México y legitimarse como el intérprete de la voluntad popular” (Pérez Monfort 130). Así, se logró persuadir a la sociedad mexicana, especialmente a la popular, de que la representación artística del mexicano era realmente un reflejo de ellos o, en todo caso, un modelo a seguir para convertirse en verdaderos mexicanos.
Dicho mecanismo consiguió convencer y homogeneizar la primera clase media, producto directo de la revolución y su crecimiento económico. Los empleos urbanos son el punto clave para la existencia de la clase media y estos son resultado del desarrollo tecnológico, la expansión industrial y el crecimiento y diversificación de los sistemas educativos. La expropiación petrolera del gobierno de Lázaro Cárdenas en 1938 creó condiciones propicias para el reforzamiento de la clase media, pero también generaría el punto de separación en la sociedad de medio siglo.
Si bien durante los regímenes de los años 40 se siguió exaltando el nacionalismo y los valores tradicionales, “en la época alemanista la clase media empieza a tener necesidad de imágenes culturales y sociales para regular su ‘estilo de vida’” (Careaga 58). Nos enfrentamos a mexicanos que son empleados de empresas extranjeras y que no ven en la Revolución su gran denominador identitario. La clase media empieza a asombrarse y admirar la eficiencia, la limpieza y la riqueza de Estados Unidos (Poniatowska en Gunia 102), pues en esas virtudes encuentra un modelo aspiracional que empata con su nueva realidad económica.
Como fuimos analizando, la consolidación del Estado tras la guerra revolucionaria se apoyó estrechamente del nacionalismo, el cual, a su vez, se apoyó en las artes y la cultura; pero una vez que se buscó el crecimiento industrial incluso con ese nacionalismo, los resultados económicos sobrepasaron los valores ‘verdaderamente mexicanos’. La consolidación de la clase media trajo como consecuencia inherente el desapego y poco afecto a lo nacional, para encontrar los productos culturales extranjeros más atractivos, con una fuerte apelación al mexicano clasemediero y, sobre todo, como una realidad posible hacia el medio siglo.
Referencias
- Anderson, Benedict. Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Traducido por Eduardo L. Suárez, Fondo de Cultura Económica, 2006.
- Careaga, Gabriel. Mitos y fantasías de la clase media en México. Cal y arena 2000.
- Gunia, Inke. ¿” Cuál es la onda”? La literatura de la contracultura juvenil en el México de los años sesenta y setenta. Iberoamericana, 1994.
- Legrás, Horacio. Culture and Revolution: Violence, Memory, and the Making of Modern Mexico. University of Texas Press, 2017.
- Pérez Monfort, Ricardo. Estampas de nacionalismo popular mexicano. Ensayos sobre cultura popular y nacionalismo. CIESAS, 1994.
Sobre la autora
Karla Lucia Delgado Hernández
Estudiante de la licenciatura en Literatura en la Universidad de las Américas Puebla. Integrante del Programa de Honores en el proyecto de investigación “Literatura mexicana de los siglos XX y XXI”. Editora en jefe de la revista de arte y literatura Espora.
Contacto: karla.delgadohz@udlap.mx
Mentor
Dr. Gabriel Wolfson Reyes
Contacto: gabriel.wolfson@udlap.mx
