Entre raíces y memoria: una historia de identidad nahua
El camino hacia donde me dirijo es complejo; no existe un manual que me indique hacia dónde debo seguir, pero cada paso me ha permitido comprender que mi historia no comienza conmigo. Detrás de mí existe una memoria, una lengua y un pueblo que han formado parte de quien soy.
Para quienes vivimos en un contexto rural, este camino tiene una belleza que muchas veces pasa desapercibida. Aquí observamos la naturaleza, respiramos un aire más puro y caminamos por calles que guardan memorias. Nuestros abuelos conservan la memoria de las luchas y del trabajo que, generación tras generación, ha mantenido de pie a nuestra comunidad. En sus historias viven los esfuerzos, los aprendizajes y los caminos recorridos por quienes estuvieron antes que nosotros. Nuestras abuelas mantienen viva la historia a través de sus relatos; nuestros padres conservan vivencias que forman parte de nuestra identidad, y cada familia resguarda fragmentos del pasado que nos recuerdan de dónde venimos.
Los niños juegan en espacios libres donde la risa permanece presente, creciendo en un entorno donde la tranquilidad y la cercanía con la naturaleza forman parte de la vida cotidiana. Un pueblo se sostiene gracias a quienes lo conformamos: mediante la unión, el trabajo colectivo y la solidaridad. Nuestra lengua es el vínculo con el que comunicamos pensamientos, sentimientos e historias; es una forma de mantener viva nuestra memoria colectiva. Sin embargo, con el paso del tiempo trae consigo cambios y nuevas formas de vida que, en ocasiones, nos hacen alejarnos de aquello que nos identifica.
Muchas personas migran hacia otros lugares buscando mejores oportunidades. El contexto cambia, nuestras ideas evolucionan y nuestra manera de comprender el mundo se transforma. Pero si por un momento detuviéramos la vida, podríamos reconocer que poco a poco hemos perdido parte de nuestro sentido de identidad. Dejamos de preguntarnos quiénes somos, olvidamos nuestras historias y, en algunos casos, sentimos vergüenza de decir que venimos de un pueblo.
Yo soy una mujer nahua hablante. Y sí, yo también viví ese proceso. Hubo un momento en mi vida en el que no consideraba importante conservar mi lengua, mi identidad y mucho menos reconocerme como parte de mi pueblo. Mientras crecía, sentía vergüenza de decir que venía de un pueblo y que hablaba náhuatl.
Pero cuando ingresé a la universidad, mi perspectiva cambió. Estudié una carrera relacionada con los pueblos originarios, con la lengua y la memoria colectiva, y descubrí que: desconocía gran parte de mi propia cultura. Mi lengua, mis costumbres, mis tradiciones y tantos conocimientos que siempre estuvieron presentes en mi vida eran elementos que había normalizado sin comprender la importancia que tenían.
Fue entonces cuando entendí que cada uno de esos elementos forman parte de mi identidad y me brinda un sentido de pertenencia. Comprendí el valor de los pueblos originarios, de sus saberes y de la memoria que han conservado durante generaciones.
Desde ese momento, mi manera de pensar cambió. Entendí que, si nosotros mismos no reconocemos el valor de lo que tenemos, existe el riesgo de que otras personas lleguen y se apropien de conocimientos que nacieron dentro de nuestras comunidades, alejándolos de su verdadera historia y significado.
Hoy me siento orgullosa de pertenecer a un pueblo nahua hablante, de llevar conmigo una lengua, una historia y una cultura que han resistido con el paso del tiempo. Aprendí a valorar quién soy, de dónde vengo y todo aquello que forma parte de mi identidad. Lo que antes veía como una diferencia que debía ocultar, ahora lo reconozco como una riqueza que me fortalece y me recuerda la importancia de mantener viva la memoria de mi pueblo.
Déjame decirte que venir de un pueblo es mucho más que vestir una indumentaria o hablar una lengua originaria. Ser parte de un pueblo significa pertenecer a una historia, a una memoria y a una lucha constante por mantener viva nuestra identidad.
Significa comprender que el valor de una persona no depende del lugar donde vive. Quienes formamos parte de las comunidades trabajamos día con día para mejorar, fortalecer nuestros vínculos y preservar aquello que nos ha sido heredado.
Cuando nos unimos, somos una comunidad que se sostiene y se acompaña. Quizá muchas personas desconocen nuestra forma de vida, pero quienes pertenecemos a estos espacios entendemos el valor del trabajo, de la tierra, de la solidaridad y de los conocimientos que se transmiten de generación en generación.
Sabemos que nuestra riqueza no solamente se encuentra en lo material, sino en nuestra lengua, en nuestras historias, en nuestras costumbres y en la relación que mantenemos con nuestro territorio.
Por eso, aunque algún día te encuentres lejos de tu pueblo, no olvides tu identidad ni tu raíz. Valora cada conocimiento que recibiste de tu comunidad, porque un pueblo no es únicamente un lugar donde nacemos: es una memoria que vive en nosotros y nos acompaña a donde vayamos.
Sobre la autora
Monserrat García Ávila
Egresada del Programa de Liderazgo para Jóvenes Indígenas, generación 2026. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Cultura de la Universidad Intercultural del Estado de Puebla y hablante de la lengua náhuatl. Cursó el Diplomado Internacional de Lingüística Aplicada (DILA), realizado en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, así como talleres de Antropología, Creación Literaria e Interpretación en Espacios Públicos, además de un taller de Antropología en Mitla, Oaxaca. Asimismo, cursó el Curso de Introducción al Proceso de Aprendizaje para Docentes y Formadores y participó en la ponencia “Neurodidáctica: Emoción y aprendizaje”. Sus intereses académicos se centran en la cultura náhuatl, la educación y la lingüística, con el propósito de contribuir a la preservación y fortalecimiento de la diversidad lingüística y cultural.
Contacto: garciaavilamonserrat14092004@gmail.com
