De Filosíntesis a Tzinacapan: pensar la vida buena desde el territorio
La llegada del libro Filosíntesis de Santiago Beruete a mis manos no pudo ser más oportuna. Hace apenas unos días tuve la extraordinaria oportunidad de pasar un tiempo de inmersión en el paisaje-territorio de un pueblo masehual, en el corazón de la Sierra Norte de Puebla: San Miguel Tzinacapan.
Evoco este pueblo y su territorio porque Beruete escribe que “la manera en que muchas civilizaciones ancestrales y pueblos indígenas conciben la relación con la naturaleza en general, y las plantas en particular, difiere tanto de la nuestra que no acabamos de entender su veneración por ellas”.
Y quizá sea justamente eso: que no terminamos de entender.
Estar frente a la inmensidad de la Sierra, caminar por espacios venerados por los antiguos, seguir veredas y senderos trazados con una delicadeza que pareciera procurar que Tlaltikpaknantzin, nuestra madre tierra, apenas advirtiera nuestra presencia, obliga a cuestionar muchas de las certezas con las que hemos aprendido a relacionarnos con el mundo.
Porque ahí la naturaleza no es un paisaje de fondo. No es recurso. No es mercancía. La naturaleza es sagrada. Y eso no requiere explicación.
Desde nuestro antropocentrismo —y quizá también desde cierta arrogancia al sabernos Homo sapiens— nos cuesta comprender lo que significa reconocernos como una presencia más en la inmensidad de la biosfera.
Durante nuestro recorrido, Yovani Vázquez, nuestro guía e interlocutor, nos decía que internarse en la Sierra y en la naturaleza no es ni ficción ni idealización. Es una manera de reconocer el territorio mediante prácticas situadas que permiten comprender la relación de los pueblos originarios con sus hábitats. Y esa relación necesariamente pasa por la colectividad: sin ella difícilmente existirían la defensa territorial, la preservación del patrimonio biocultural o las luchas por la biodiversidad.
En ese sentido, coincido con Beruete al advertir sobre nuestra profunda “disociación entre natura y cultura”.
Entonces, ¿cómo imaginar una vida buena desde un territorio concreto cuando depende también del agua, de la milpa, de los cuidados y de las relaciones comunitarias? Beruete propone la filosíntesis como un saber práctico que elaboramos al aprender de las plantas para preguntarnos cómo vivir mejor.
Además, esta pregunta me lleva a las conversaciones con Joan Payno, amigo, librepensador masehual y profundo conocedor de su territorio. Con él hemos elucubrado precisamente sobre qué significa el bienestar: pakilis, en náhuatl.
Pero pakilis nos obliga a desplazar la idea del bienestar entendido solamente como una “buena vida” individual. Nos lleva a pensar en una construcción mucho más amplia, en la que los alimentos, el agua, los cuidados, el trabajo, el descanso, las relaciones familiares y los espacios donde transcurre la vida cotidiana sostienen, en conjunto, la posibilidad de vivir bien.
Y es precisamente la vida cotidiana la que nos ancla al paisaje-territorio.
La casa no termina en sus muros. Las actividades que sostienen la vida se extienden a la comunidad, la milpa, los caminos, el monte, el agua y los espacios de encuentro y cuidado. De esta manera, lo doméstico, lo comunitario y lo territorial dejan de ser escalas separadas y comienzan a entenderse como partes de un mismo sistema de relaciones.
Nuestro trabajo en Cuetzalan nos ha mostrado que las relaciones masehuales con el paisaje pueden convertirse en una enorme fuente de fortaleza colectiva en territorios que, desde fuera, suelen describirse únicamente en términos de carencias o de vulnerabilidad.
Por eso procuramos no aproximarnos al paisaje como escenario, como reserva de recursos naturales ni, mucho menos, como futura zona de sacrificio. Es un territorio vivo que las personas no solo habitan, sino al que también pertenecen.
Y aquí vuelvo a Beruete:
“La naturaleza sana, porque habla directamente al alma sin palabras y nos hace despertar a una de las verdades más hondas y antiguas: somos parte de un todo. Si entendemos eso, actuaremos con compasión de forma espontánea”.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más profundas de estos días.
El trabajo de campo con incidencia social no consiste solo en llegar a un territorio, observarlo, estudiarlo y marcharse con datos. También implica aprender a habitarlo, aunque sea temporalmente; caminarlo, escucharlo y permitir que cuestione nuestras propias categorías.
Incluso la palabra paisaje resulta insuficiente para la noción occidental, predominantemente visual. Lo que hemos aprendido en nuestras conversaciones en Tzinacapan es algo mucho más profundo: el espacio vital al que perteneces, que te sostiene y también participa en la construcción de tu identidad.
Yo quisiera cerrar con una frase de Beruete:
“El librepensamiento, como la naturaleza salvaje, se halla en peligro de extinción por culpa de la codicia y el conformismo. Pero la auténtica belleza es siempre indómita y no sobrevive en cautividad”.
No podría estar más de acuerdo.
Creo que existe una relación profunda entre la pérdida del librepensamiento y la domesticación de la naturaleza. Ambas forman parte de un mundo en el que un capitalismo voraz pretende convertirlo todo en recursos, mercancías, rendimientos o propiedad.
Frente a ello, quizá la vida buena también consista en defender aquello que no debería domesticarse.
Quiero ser tenaz en ello. No solo en formar futuros arquitectxs capaces de convertirse en agentes de cambio, sino también en que sean conscientes de que diseñar implica cuidar las relaciones que sostienen la vida y los territorios.
Ahí encuentro, para mí, la dimensión más profunda de la cosmovisión biocéntrica que propone Beruete: reconocernos no como el centro, sino como parte de una trama de vida que nos precede, nos sostiene y nos trasciende.
También quiero que mis hijxs crezcan como librepensadores.
Que aprendan a cuestionar, a cuidar, a maravillarse.
Y, sobre todo, que conserven algo de naturaleza indómita: que sean un poco ingobernables, como la Sierra, como el monte, como ese jardín planetario que imagina Beruete.
Porque quizá una vida buena no sea aquella en la que conseguimos dominar el mundo, sino aquella en la que finalmente aprendemos a pertenecer a él.
Referencia:
- Beruete, S. (2026). Filosíntesis: Espiritualidad y filosofía desde el jardín. Taurus.
Sobre la autora:
Dra. Melissa Schumacher González
Doctora en Ingeniería y Administración Territorial, Technische Universität München; Máster Universitario en Urbanismo, Universitat Politécnica de Catalunya y Licenciada en Arquitectura por la UDLAP.
Contacto: melissa.schumacher@udlap.mx
