¿Hay tiempo?

¿Hay tiempo?

Hubo un tiempo original en que la forma como la palabra fueron primero, un balbuceo vital. Mucho más tarde lo fueron el lenguaje y la arquitectura, revelando estructura y trashumando significados.

Hubo un tiempo en que las catedrales florecían de colores y la historia no existía para nadie.

Hubo otro tiempo en que tuvimos conciencia de nosotros, de nuestro paso en el tiempo y concebimos la historia. Avistamos nuestra forma en el sucesivo acontecer de hechos, la medimos y clasificamos, separamos el bien del mal y nos dimos libertad.

Entre aquellos siempre: desorden, convulsión, guerras y muerte.

Hay otro tiempo en que nada de lo anterior importa, un tiempo presente sin pasado en el que impera la opinión de los hombres-estado-de-opinión, de la ciencia troceada en microciencias, el saber multieditado en miles de reglas, del vacío más sonoro. Quienes manejan los oscuros cables de acero del poder prefieren matemáticamente millones de opiniones que manipular a la conciencia. La opinión es del individuo, la conciencia hace al ser humano.

Kubler nos avisaba que, la mejor manera de medir el tiempo se hallaba en el devenir de las formas producidas por la humanidad, donde la arquitectura junto a las obras de arte serían sus relojes de sol. Decía Oíza que el principal error de Le Corbusier había sido eliminar la historia como herramienta para hacer arquitectura. Así cortaba de raíz la transmisión del conocimiento de la tecnología del lugar y la vida de las formas. Hoy medimos el tiempo por la concatenación de no lugares, espacios basura y desperdicios arquitectónicos que median entre los grandes templos de nuestra sociedad de hombres-estado-de-opinión: los centros comerciales y las villas neoclásicas multiestilo donde emplazar la tele, el jacuzzi y los aparatos de aire, sin orden, geometría ni necesidad, pero con mucho “gusto”.

¿Hay tiempo? Y sobre todo ¿para qué? A nosotros los arquitectos nos ha de interesar la historia, pero no desde el punto de vista de un historiador cualquiera. El historiador trata de encontrar sentido a los hechos en un correlato lógico, más o menos lineal y acumulativo del acaecer de las cosas. En el tiempo las cosas encuentran su sentido. Tal afirmación no es completa ni sirve a la disciplina del arquitecto. Hemos de tumbar la historia sobre la mesa de disección del tiempo y extraer de ella las relaciones que construye. La arquitectura es la construcción de las relaciones entre las personas. Todo esto ocurre estando de por medio un lugar, el que sustenta nuestros pasos, impide nuestro movimiento o lo altera. Acción-reacción.

La historia se incorpora así como un útil más con que proyectar la arquitectura, en su dimensión de memoria de las relaciones que construyeron aquellos que nos precedieron, en un tiempo que consideramos pasado-futuro. Podríamos profundizar y entender la historia no como un plano donde se entrelazan líneas de hechos concatenados y luego cruzados, sino más bien como un cuerpo donde la relación entre sus partes carece de dirección porque lo son todas, y todas se complementan. Pero un cuerpo en un medio determinado, eso sí, en el tiempo que nos toca. Un tiempo, para el que no parece que dispongamos nosotros arquitectos del espacio —o no nos lo dejen— ¿Y la razón? Pues entonces: hay tiempo, hay tiempo…

Por: Dr. Jesús Rubio Merino

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